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Sólo
tres años después de su triunfal entrada
en Nápoles en 1734, rey Carlos de Borbón
decidió instituir en la ciudad una fábrica
de tapices bajo el directo control de la Corona.
Fue evidente su deseo de construir un nuevo Reino
autónomo, de que él habría tenido
que ser el soberano fundador.
En el área histórica, en la voz dedicada
a Carlos de Borbón, ya hemos demostrado como
obtenió lo que deseaba, y también hemos
descrito sus principales iniciativas artísticas,
culturales y sociales destinadas por un lado a poner
al día y elevar culturalmente y artísticamente
el Reino, y del otro a aumentar la fama y la gloria
de la nueva dinastía borbónica de Nápoles
y Sicilia.
Tapiz de Carlos de Borbón |
En
esta óptica tiene que encuadrarse su
decisión de abrir una escuela de tapicería
en Nápoles, también por el hecho
que él fue, durante todo su reino, impertérrito
constructor de suntuosos edificios (como, por
ejemplo, los Palacios Reales de Capodimonte
y Pórtici y obviamente sobre todo el
Palacio Real de Caserta), de fábricas,
famosas en toda Europa (como la de las Porcelanas
de Capodimonte), de Escuelas de Estado como
la Academia napolitana del Dibujo. Fueron, es
decir, todas construcciones que necesitaron
una decoración adecuada (el mismo Palacio
Real de Nápoles, en condición
de abandono, tuvo que ser completado y puesto
al día): y por lo tanto estuvo claro
que la tapicería, presente en todos los
grandes palacios reales y nobiliarios de Europa,
habría tenido una función central.
Carlos fue también dichoso en la realización
de su proyecto. En efecto el 5 de octubre de
1737 - poco después de la muerte de Giangastone
de' Médici, último Granduque de
la gran familia florentina - se suprimió
la célebre Manufactura de Tapices (fundada
en 1546 por Cosimo I), y todos los artistas
y las cuadrillas obreras se encontraron de hecho
sin trabajo. |
El
Rey aprovechó la situación, y "con
indubbio opportunismo e con rara tempestività"
,
reclutó enseguida a los mejores entre ellos,
habiendo dado encargo al Primero Ministro de la Real
Casa, Gioacchino de Montealegre, marqués de
Salas, de ocuparse directamente de la construcción
de la fábrica napolitana de tapicería
(eso constituye indudable prueba del vivo interés
del Rey). Montealegre nombró, a su vez, al
marqués Giovanni Brancaccio (futuro Primero
Ministro) Superintendente de la Real Fábrica
de los Tapices, y le encargó de proveer, aunque
con medios bastante reducidos, a la adquisición
del aparejo necesario y al principio de los trabajos.

Don Quijote nombrado caballero
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Director
de la Fábrica fue Domenico Del Rosso
y Superintendente G.F. Pieri, ambos ya directores
en Florencia; sucesivamente fueron ayudados
por jóvenes aprendices, que trabajaron
gratuitamente, formando así el primero
núcleo de una real escuela nacional.
Como sede se estableció el edificio anexo
al convento y a la Iglesia de San Carlos alle
Mortelle, ya destinado a hospedar el Laboratorio
de las Piedras Duras y sucesivamente primera
sede de la Academia napolitana del Dibujo. |
Ya
en 1739 resulta casi completado el tapiz con el Retrato
de Carlos de Borbón, hoy guardado en Capodimonte,
y se empezó enseguida la tejedura del Retrato
de la Regina María Amalia de Sajonia.
La munificencia de David |
En
1740 Montealegre y Brancaccio dieron un estatuto
oficial, donde fue regulado el método
de trabajo, la dirección de la empresa
y las modalidades de tratamiento de los obreros.
Todo el trabajo fue organizado y dirigido por
un maestro con título de Director, que
era responsable de la entera fábrica
sólo delante del superintendente y el
Soberano. Tenía como colaboradores un
Guardián, un Teñidor, que proveía
a la coloración de los hilos, y un Escritor,
con funciones de ecónomo. El Guardián,
además de su función de guardia,
también proveía a entregar personalmente
el material requerido al Director o al Teñidor,
entrega de que tuvo que informar luego al Escritor,
y a cobrar las sumas por el sueldo de los obreros.
El Escritor tuvo que tender luego un inventario
completo de todo cuanto adquirido, también
proveyendo a informar al soberano de los gastos
sustentados por la Fábrica. |
El
Director tenía que presentarse en la fábrica
una hora antes de los obreros y alejarse sólo
al final del trabajo diario, que duraba entre las
8 y las 12 horas con breve interrupción postmeridiana,
cuando todos dejaban de trabajar.
Cada eventual error tenía que ser arreglado
por el obrero responsable; si esto no fuera posible,
al obrero era retenido sobre el sueldo el valor del
daño. Cada obrero, en cambio, tenía
facultad de hacer conocer directamente al Soberano,
por el superintendente, las situaciones que podían
perjudicar el buen curso de la Fábrica sin
su directa responsabilidad. |